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ISBN 978-99989-60-22-0

Versos Fantasmales

Autor:Monnín García, José Antonio
Colaboradores:
Gómez Benítez, Freddy Eduardo (Revisado por)
Figueredo Rosso, Vicente Ramón (Diseñador)
Sisa Da Costa, Alberto Manuel (Prologuista)
Editorial:CHEHANDE Editora & Gráfica
Materia:Poes
Público objetivo:Jóvenes adultos
Publicado:2024-03-15
Número de edición:1
Número de páginas:104
Tamaño:14.5x21cm.
Precio:Gs 50.000
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

El poeta José Monnin levanta en alto su resplandeciente espada de letras, y lo vuelve a blandir en los espacios de las insumisas hojas, apuntando a ti apreciado lector, con estos “Versos fantasmales”, que seguro estoy volverán a estremecer-nos de miedo, pavor y dolor, inquiriéndonos acerca del destino del hombre más allá de los límites de la propia vida, qué somos, adonde vamos; el hombre y sus penas, angustias, incertidumbres, paradojas, que hacen a nuestra propia condición humana, haciéndonos reflexionar a través de lo fantasmagórico, los misterios de la fe que rodea nuestra existencia.
Bajo el designio bíblico del Génesis, en que “los muertos un día se levantarán”, “de polvo somos, y en polvo nos convertiremos”, surge la voz profética de estos “Versos fan-tasmales” que nos hace meditar el “memento mori”, la fragilidad del hombre, sus carencias, imperfecciones, olvido y finitud, el ser que extiende las manos para asir todo y no apretar nada; son los signos que permean en la asociación inteligible de los sentidos, que pendularmente pasean entre la muerte, oscuridad, sombras, tinieblas, el limbo. En “Versos fantasmales” subyace un trasfondo bíblico, en donde lo místico, lo religioso y sobrenatural, trascienden y se enlazan, pulsando querencias, desengaños, pasiones encontradas, desliéndose en un halo romántico, donde el amor, la tristeza, melancolía, ejercen una sombría evocación en la fantasmal novia vestida de blanco, recreando así una atmósfera de brumas, tumbas, recuerdos, y plegarias encendidas. Como en su anterior obra poética “Alegorías del tiempo”, la palabra se yergue en medio de los eriales, donde la blanca flor inmarchitable, crece entre grietas y cardos, meciéndose entre los rostros del bien y el mal.
El amor que todo lo vence, entre sombras y tinieblas tene-brosas difuminadas por el “yo poético” del poeta, se transluce la expresión melancólica de los misterios que encierra y pasea por la tercera dimensión de nuestro tiempo y espacio, con un ángel de luz que todo lo siente y ve, para manifestar: “Soy el amor fantasmal quien tocaba tu piel y mordía tu alma”.
Las alusiones bíblicas a lo largo del texto, constituyen una visión metafórica de nuestra sociedad actual, la gran aldea global del presente Siglo XXI, poblada de guerras fraticidas, la candente amenaza de la poderosa y destructiva bomba nuclear en nuestro horizonte, la hambruna, el asesinato en todas sus instancias, la ignorancia e intolerancia cada vez acrecentadas en los estadios de nuestro existir, coexisten en medio de una tecnología cada vez más avanzada y deshumanizada, dejando al hombre más solo que nunca, desarraigado, alienado y des-valido, en un mundo en donde todo se vende y postra ante el mejor postor, sin importar la humanidad y sus valores espirituales. En tal sentido, la fe, la ciencia, la poesía y el arte en todas sus manifestaciones, apoyadas por la razón, son las que finalmente nos salvarán del holocausto.
En estos espectrales versos, al ángel caído Satán lo visiona arropado con nueva piel en un tiempo sombrío, extraño y pa-radojal, guiñando a las almas puras y desprevenidas, en medio de aparecidos espectros en las noches frías, cruces olvidadas, muertos que se levantan de sus tumbas, vampiros que sobre-vuelan nuestras sienes, ofreciendo una visión apocalíptica, en la que el hombre se enfrenta a su eterno dilema, el destino de salvación o el castigo eterno en las ardientes llamas del in-fierno. En el poema “La muerte llegó”, se siente la ausencia cada vez más dolorosa, fantasmal y sombría, que arrebata a la flor de su más anhelado sentimiento. El amor por aquellos vi-vos afectos que ya transpusieron los límites terrenales, pasando a la orilla del oriente eterno, son recordados bajo el tinte de la nostalgia, inquiriéndonos lo solos y desahuciados que estamos ante la dolida ausencia, la más profunda soledad y el vacío inmenso que ocasiona el misterio de la muerte. El filósofo alemán Martin Heidegger, manifiesta que “las cosas vienen a nosotros queriendo convertirse en signo”, pues aquel mundo sombrío del limbo cubierto por las densas tinieblas que nos impide ver el “más allá”, es visto aquí transustanciada en la blanca luz, ardida en la cruz herrumbrada del camposanto, es perenne comunión con las almas de nuestros seres queridos.
La cruz herrumbrada por la vida, florecía en el clepsidra. La cruz herrumbrada era magenta… El cielo se vestía de una forma decorosa, tanta espera para ver las almas abiertas. La cruz herrumbrada para ver la vida florecida en el clepsidra amamantando a los espectros en las noches frías”.
José Monnin nos lleva de la mano por los estrechos del miedo, para así expiar desde las iluminaciones de las sombras nuestra condición de seres mortales, las sombras adánicas que oscurecen nuestras acciones, y que se encargan de llevar todo el peso de nuestra condición humana, a través de nuestra naturaleza psíquica y emocional, sujeta a los dilemas del propio peso existencial, siendo la poesía y la santidad los ejes centrales de nuestra propia redención. Es así que el poeta expresa sentenciosamente: “La oscuridad tiene vida propia, ha cobrado la sentencia del tribunal. Los santos y poetas firmarán el pacto tras los ojos que observan tu trajinar”. Son ojos de ángeles que nos guían para sentir las gratificantes palpitaciones de nuestra propia naturaleza, para estar plenamente en gracia con lo tangiblemente bello que nos ofrece este plano terrenal, alejándonos de aquellos “hijos envenenados por las tinieblas”, carcomidos por la desidia, la molicie del ser humano, envueltos en la gris rutina de sus propias existencias.
En “Versos fantasmales”, las flores no son las rosagantes, vistosas de colores y de aromáticas fragancias; son como flores cantadas por el poeta “maldito” español, Leopoldo María Panero Blanc, que dice: “Oh piedra del espanto, oh amarillo silencio del espanto en que la flor se contempla ante el espejo de otra flor, de otra flor que habla al oído, a otra flor, hablando sólo del espanto”.
Por otro lado, en su corpus poético existen imágenes de un nihilismo existencial, anatemas que nos interrogan acerca del misterium tremendum del hombre, ante el paso irreversible a los dominios de la muerte. El alma que sale de ese cuerpo amortajado, luego el olvido de quien fue; el infierno, la resplan-deciente luz, la fe salvífica que nos da vida eterna.
Lautreamont, su admirado poeta, aquel que en su éxtasis se agota en el dolor, en la carnalidad del vivir y sufrir, aquel poeta uruguayo de nacimiento y francés por adopción, lo ve como un hermano suyo; siente, exhala angustias, dolores y desencantos, con imprecaciones, que no son sino versos des-carnados, convertidos en aullidos desahogados de un hombre solo con un infinito canto a la locura y la muerte. La rosa, un beso, una caricia, la belleza, el éxito, la fama, la riqueza, todo es apariencia ante la realidad de una fría tumba. En tal sentido nos recuerda que somos descendientes de la carnalidad, irre-mediablemente sujetos a los secretos designios de la providen-cia. La lujuria, vanidad, lascivia, ira, “todos los nombres fueron borrados del libro de la vida”, sentencia en sus espectrales versos el poeta. Nadie escapará de la muerte. La ejercida mo-ral son examinadas ante el ojo divino, recibir las llamas del in-fierno, o bien el fuego purificador ante el barro deleznable de las pasiones y los instintos.
“La noticia sangrienta alimenta a los Dioses caídos”, es el imperio oscuro de un mundo acelerado. Vivamos la existencia mientras podamos, “alegrémonos”, exhorta el poeta, “la sonri-sa es pasajera, la muerte vuelve a ser eterna”. Para el poeta simbolista francés Mallarmé, la palabra adquiere la categoría de superior y todo el lenguaje es elevado a una especie de código de desciframiento, que el bardo se esfuerza en descubrir, resaltar, combinar, lo cual pone en evidencia, y que constituyen en este corpus poético, elementos valorativos expuestos en el texto poético, a la luz de la razón y la propia conciencia.
Con estos “versos fantasmales”, considera que renegando de la vida, haciéndonos sentir el espanto y el miedo, poniendo de relieve todas las dudas existenciales (melancolía, tristeza, soledades, desesperos, lúgubres relinchos, orgullos pueriles), no se está sino reafirmando la esperanza, la razón de nuestras vidas, iluminando las sombras. El bien y el mal en eterna fluc-tuación, los -dos polos opuestos del corazón- al decir de Marcel Schwob,“el hombre se torna digno de piedad después de haber sentido más de una vez ese segundo de vida intensa que representa en el alma la irrupción del horror”.
El propio Monnin, señala que las letras son para él fantas-mas que regresan, como voces del pasado, como ecos que retumban nuevamente en su interior. El mismo nos dice que son poemas que dictan sentencias y verdad. “Habla de las cosas mundanas, espirituales e infernales sobre los caminos del hombre, de la religión, del fanatismo y de todos esos secretos que hay detrás de cada sonrisa, gesto o ayuda”. En “Versos Fantasmales” no hay blasfemias, sino el uso de la razón, afirma Monnin. “¿Qué habrá después de la muerte?, ¿entraremos todo al cielo? Son las preguntas de millones de personas se han hecho a lo largo de su existencia”. El universo simbólico del inframundo se vislumbra en cada verso de este poemario. “El alma del poeta se orienta hacia el misterio. Solo el poeta puede mirar lo que está lejos dentro del alma, en turbio y mago sol envuelto”, nos dice el inspirado poeta español Antonio Machado.
Para el poeta José Monnin, parafraseando al propio Lau-treamont, la literatura es un río ancho, majestuoso y fértil. Monnin navega insurgente en la cresta de las olas como barco fantasma, incontenible, tenaz, llevando su estro por el curso de las aguas inmensas de la inspiración, que llegan finalmente al venturoso puerto con sus “Versos fantasmales”, que iluminan las sombras.
Alberto Sisa
Poeta y periodista paraguayo

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